Sí –a ella- la quise...,
con suma fascinación;
la amé con devoción divina
entre mis brazos en largas noches.
Mil cien veces
le dije que la amaba
con locura y desenfreno.
Ella –hurgó mi vientre-
yo el suyo lo hurgué
-en la desesperación-
con mi mano artera.
Nos quisimos diariamente
como los colibríes
aman en otoño.
Adoré sus tórridos ojos,
sus melosos labios;
de sus manos blancas
arrullé la grácil caricia.
Sacié mi boca
en sus pechos de nieve,
y en su vientre ardoroso
aplaqué mi deseo,
en su deseo abundante.
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